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martes, octubre 13, 2026
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El diesel ruso y la debacle europea / Por Lucía Deblock

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El diesel ruso y la debacle europea / Por Lucía Deblock

El pasado 9 de octubre, Donald Trump anunció un acuerdo con Vladimir Putin para permitir el suministro de diésel ruso a Estados Unidos y al mercado internacional. El compromiso contempla una entrega inicial de 300 mil toneladas, otras 500 mil durante noviembre, un millón adicional y tres millones más en un plazo todavía sin precisar.

El acuerdo representa un giro significativo en la política de sanciones de Washington contra Moscú. El Departamento del Tesoro estadounidense autorizó de forma temporal las operaciones comerciales necesarias para esas exportaciones, mientras Trump busca contener los elevados precios de los combustibles antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre.

La decisión provocó el rechazo inmediato de Volodímir Zelenski, quien acusó a Washington de proporcionar nuevos recursos económicos a Rusia para sostener la guerra. Sin embargo, la Casa Blanca sostiene que el acercamiento comercial podría favorecer la reanudación de las negociaciones de paz.

La contradicción alcanza directamente a Europa: mientras Washington abre una vía de cooperación energética con Moscú, sus aliados europeos mantienen las sanciones y el respaldo financiero y militar a Ucrania. Una divergencia que adquiere particular importancia cuando el rearme, las dificultades económicas y el descontento social presionan a los gobiernos del continente.

Vladimir Putin y Donald Trump

Europa frente a Washington

El acercamiento entre Washington y Moscú coloca a los gobiernos europeos ante una contradicción política: mientras Estados Unidos busca recuperar espacios de negociación económica con Rusia, la Unión Europea sostiene su política de sanciones y el financiamiento militar de Ucrania.

La diferencia no es menor. Desde febrero de 2022, los países europeos han asumido compromisos económicos, energéticos y militares de enorme alcance. Ahora enfrentan la posibilidad de que Washington modifique sus prioridades sin que Europa haya resuelto las consecuencias internas de la guerra.

En este escenario, el alto al fuego adquiere una importancia que rebasa las fronteras ucranianas. Una suspensión de las hostilidades abriría espacio a la negociación diplomática, pero también permitiría a los gobiernos europeos revisar una estrategia cuyo costo económico y político sigue creciendo.

La tregua y las elecciones ucranianas

La disputa se trasladó también al terreno electoral. Zelenski propuso un alto al fuego de 60 días para organizar elecciones presidenciales en Ucrania. El Kremlin rechazó la tregua temporal y sostuvo que su objetivo es alcanzar un acuerdo de paz integral y duradero.

La posición rusa introduce otra dificultad en las negociaciones: la diferencia entre suspender las operaciones militares durante un periodo limitado y alcanzar un arreglo político que permita poner fin a la guerra.

Para Europa, esta falta de acuerdos prolonga la incertidumbre. Sus gobiernos deben decidir cuánto tiempo y bajo qué condiciones mantendrán el esfuerzo financiero y militar, mientras crecen las exigencias presupuestarias dentro de sus propias fronteras.

Volodímir Zelenski

La factura militar europea

El gasto militar de la Unión Europea pasó de 240 mil millones de euros en 2022 a 418 mil millones en 2025, un incremento nominal del 74%. Para 2026, la Agencia Europea de Defensa calcula que alcanzará los 454 mil millones de euros. En apenas cuatro años, los gobiernos europeos habrán elevado sus presupuestos militares en casi 90%.

El incremento tampoco se detendrá ahí. En la cumbre de La Haya de 2025, los integrantes de la OTAN acordaron destinar hasta el 5% de su producto interno bruto a defensa y seguridad para 2035: un 3.5% para necesidades militares centrales y otro 1.5% para infraestructura, protección y otros rubros relacionados.

El rearme tiene, desde luego, una explicación en las preocupaciones de seguridad de los gobiernos europeos. Pero también plantea una pregunta inevitable: ¿de dónde saldrán los recursos para sostener semejante expansión militar y qué consecuencias tendrá sobre los servicios públicos, las prestaciones sociales y el poder adquisitivo de sus ciudadanos?

La factura social: menos bienestar, más armamento

El rearme europeo avanza en medio de una creciente presión sobre los sistemas de bienestar. Salud, educación, vivienda y pensiones compiten por recursos públicos con presupuestos militares cada vez mayores. La deuda, el envejecimiento de la población y el estancamiento económico agravan una disputa presupuestaria que ya tiene consecuencias sociales.

Francia ofrece uno de los ejemplos más claros. El proyecto presupuestario para 2027 contempla ajustes cercanos a 54 mil millones de euros respecto de las previsiones anteriores, incluidos unos 5 mil 500 millones en pensiones y nuevos recortes sanitarios. Mientras tanto, el gobierno enfrenta protestas estudiantiles por la saturación de las aulas, la falta de profesores y el deterioro de las instalaciones escolares.

En Rumanía, los ajustes aplicados desde 2025 han reducido en más de 50% los fondos para becas estudiantiles, además de restringir las ayudas al transporte ferroviario. Finlandia también enfrenta movilizaciones contra los recortes educativos, mientras Alemania registra protestas juveniles que vinculan el aumento del gasto militar con las restricciones sociales y educativas.

La vivienda añade otra dimensión a la crisis. En España, el 49% de los encuestados por YouGov identifica el acceso a la vivienda entre los dos principales problemas nacionales. En Italia, el 43% señala la sanidad. Francia y Alemania concentran sus preocupaciones en la economía.

No todos estos problemas nacieron con la guerra de Ucrania, ni cada recorte puede atribuirse al rearme. Sin embargo, la decisión de incrementar los compromisos militares reduce el margen presupuestario disponible y obliga a discutir las prioridades del gasto público.

La pregunta que empieza a recorrer las sociedades europeas es cuánto bienestar están dispuestas a sacrificar para sostener una política de seguridad cuyo horizonte financiero se extiende hasta 2035.

Europa sale a las calles

El malestar social europeo ha dejado de ser una suma de inconformidades aisladas. Las movilizaciones contra los ajustes presupuestarios, el encarecimiento de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos y las reformas laborales revelan una disputa cada vez más intensa por las prioridades de los gobiernos.

En Francia, las protestas contra los planes de austeridad han reunido a sindicatos, estudiantes y trabajadores del sector público. Las demandas abarcan salarios, pensiones, servicios sanitarios y rechazo a los recortes. El contraste con los compromisos de gasto militar alimenta el debate sobre la distribución de los recursos nacionales.

Alemania enfrenta una combinación de estancamiento industrial, dificultades presupuestarias y conflictos laborales. Las movilizaciones en el transporte, los servicios públicos y la educación expresan el descontento de sectores que reclaman mejores condiciones laborales e inversión social.

España vive una crisis de acceso a la vivienda que ha provocado grandes manifestaciones en distintas ciudades. El aumento de los alquileres, la escasez de vivienda asequible y la precariedad salarial han convertido el problema habitacional en una de las principales fuentes de presión sobre el gobierno.

En Italia, las organizaciones sindicales han cuestionado los ajustes sociales y las prioridades presupuestarias, mientras Finlandia y Rumanía registran protestas contra los recortes educativos y las medidas de austeridad.

Estas movilizaciones no comparten una sola causa ni una posición uniforme sobre Ucrania. Sin embargo, coinciden en una exigencia: que las decisiones presupuestarias respondan también a las necesidades de la población.

La presión social ha obligado a distintos gobiernos a negociar, modificar o aplazar algunas medidas. El alcance de esas concesiones permite medir hasta dónde el descontento ciudadano empieza a traducirse en consecuencias políticas.

Las concesiones: cuando la protesta modifica las decisiones

Francia ofrece un ejemplo concreto. En octubre de 2025, el primer ministro Sébastien Lecornu anunció la suspensión de la reforma de pensiones de 2023 hasta después de las elecciones presidenciales de 2027. La concesión respondió a la presión sindical y parlamentaria, y buscó evitar la caída del gobierno. Su costo presupuestario fue calculado en 400 millones de euros para 2026 y 1,800 millones para 2027.

En Rumanía, en cambio, las movilizaciones estudiantiles no han conseguido revertir los ajustes. Tras catorce protestas y treinta pronunciamientos públicos, las organizaciones universitarias denunciaron que el fondo de becas y protección social para 2026 había sufrido una reducción cercana al 60% respecto del esquema anterior.

Los resultados son distintos, pero revelan el mismo conflicto: los gobiernos buscan reducir déficits y sostener nuevos compromisos de gasto, mientras sindicatos, estudiantes y oposiciones disputan las prioridades presupuestarias. La calle ha conseguido algunas concesiones; otras demandas siguen sin respuesta.

La factura política: gobiernos bajo presión

El costo del rearme y las dificultades económicas coinciden con un profundo desgaste de los dirigentes europeos. La pérdida de confianza, las crisis parlamentarias y el avance de las oposiciones revelan una creciente distancia entre los gobiernos y sus ciudadanos.

En Francia, Emmanuel Macron registra apenas 15% de opiniones favorables y 82% desfavorables, según Ipsos en octubre de 2026. Su primer ministro, Sébastien Lecornu, alcanza 22% de valoraciones positivas. La inestabilidad parlamentaria y los conflictos presupuestarios han reducido el margen de maniobra del Ejecutivo.

En Alemania, Friedrich Merz enfrenta un deterioro todavía más pronunciado: en septiembre, sólo 12% de los encuestados por YouGov tenía una opinión favorable del canciller, frente a 85% de opiniones desfavorables. La coalición gobernante enfrenta dificultades económicas, disputas sobre las reformas sociales y el crecimiento de Alternativa para Alemania.

Donald Tusk,, Emmanuel Macron, Friedrich Merz, Giorgia Meloni

Pedro Sánchez tampoco escapa al desgaste. En España, 31% expresa una opinión favorable del presidente del Gobierno y 66% una desfavorable. La crisis de vivienda, las tensiones parlamentarias y los conflictos políticos internos condicionan su gestión.

En Italia, Giorgia Meloni conserva un respaldo comparativamente mayor, aunque también minoritario: 35% de opiniones favorables frente a 57% desfavorables.

Las cifras no permiten atribuir todo este deterioro a la guerra de Ucrania. Influyen también problemas económicos internos, decisiones fiscales y conflictos políticos anteriores. Sin embargo, el incremento de los compromisos militares añade una presión presupuestaria que los gobiernos deben explicar a electorados cada vez más exigentes.

La contradicción política es evidente: dirigentes con bajos niveles de popularidad asumen compromisos militares de largo plazo, mientras enfrentan demandas sociales cuya solución exige recursos, acuerdos parlamentarios y estabilidad gubernamental.

El precio de las decisiones

El diésel mueve buena parte de la economía mundial. Transporta mercancías, alimenta maquinaria agrícola, sostiene actividades mineras, industriales y logísticas. Su disponibilidad y su precio repercuten sobre las cadenas de suministro, los costos de producción y, por extensión, el bolsillo de millones de consumidores. Una mayor oferta internacional puede aliviar esas presiones.

En el extremo opuesto se encuentra Europa. Los elevados costos de los hidrocarburos y de la electricidad han golpeado su competitividad industrial, sobre todo en sectores intensivos en energía, como el químico, el siderúrgico y el de fertilizantes. Alemania, durante décadas locomotora industrial del continente, representa uno de los casos más visibles de ese deterioro.

A esa factura energética se suman el rearme, las restricciones presupuestarias, el desgaste de los servicios públicos, las protestas sociales y la pérdida de popularidad de sus dirigentes.

La paradoja es que, mientras Washington busca recuperar márgenes de cooperación comercial con Moscú, Europa enfrenta las consecuencias de una ruptura energética cuyo costo continúa acumulándose.

Y queda una pregunta: ¿cuánto más pueden pagar las sociedades europeas por una estrategia cuyos costos económicos, industriales, sociales y políticos siguen creciendo?

El cargo El diesel ruso y la debacle europea / Por Lucía Deblock apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.

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